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Viejo 24-May-2013, 13:43
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ranis ranis no ha iniciado sesión
ranita, rana
 
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Talking 4. Jueves

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Esta bien, está bien! Voy a intentar dar una explicación sobre el conejo. Para comenzar, creo que nadie me ha dado el crédito suficiente por haberlo metido a través de la entrada para gatos. No fue fácil. Déjenme decirles que tardé cerca de una hora en hacer pasar ese conejo por el pequeño agujero. Estaba gordo a más no poder. Parecía más un cerdo que un conejo, si quieren mi opinión.
Pero a nadie le importaba lo que yo pensara. Estaban como locos.
— ¡Es Thumper! —Chilló Eli—. ¡Es Thumper, el de la vecina!
—Chispas! — Dijo el padre de Eli—. Sí que estamos en problemas. ¿Qué vamos a hacer ahora?
La madre de Eli me miró fijamente.
— ¿Cómo es que un gato pudo hacer eso? —preguntó —. Digo, no es como un pajarito, o un ratón, o cualquier otra cosa. Ese conejo es del mismo tamaño que Tufy. Los dos pesan una tonelada. Lindo. Muy lindo. Esta es mi familia. Bueno, es la familia de Eli. Ustedes entienden, ¿no?
Y Eli, por supuesto, alucinó. Estaba frenética.
—Es horrible —gimoteó—. Horrible. No puedo creer que Tufy haya podido hacer eso Thumper fue nuestro vecino durante años y años.
Es cierto. Thumper era un amigo. Lo conocí bien.
Ella se volvió hacia mi —¡Tufy! Esto es el acabóse. Ese pobre, pobrecillo conejo. ¡Míralo nada más!..., En verdad Thumper se veía un poco desastroso, lo admito. O sea, estaba casi todo cubierto de lodo. Con unas cuantas manchas de pasto, supongo. Y un poco de hierba y cositas pegadas en el pelambre; una raya de aceite en una oreja. Pero nadie que sea arrastrado por todo un jardín, luego por una cerca de setos, por otro jardín y a través de una entrada para gato recién aceitada, se ve al final como si estuviera a punto de salir a una fiesta.
Y a Thumper no le importaba cómo se veía. Estaba difunto.
Sin embargo, a los demás sí les importaba. Y de qué manera.
— ¿Qué vamos a hacer?
— ¡Ay, esto es espantoso! La vecina nunca nos volverá a hablar.
—Debemos pensar en algo. Y eso hicieron. Tengo que admitirlo, fue un plan brillante desde donde lo miren. Primero el padre de Eli fue a buscar la cubeta de nuevo y la llenó con agua jabonosa tibia. (Mientras hacía esto me lanzó una miradita, tratando de hacerme sentir culpable por haber tenido que sumergir sus manos en el viejo Líquido Mágico dos veces en una semana. Yo sólo lo miré con cara de “no me impresionas”.)
Luego la mamá de Eli metió a remojar a Thumper en la cubeta, le dio un agradable baño de burbujas y lo enjuagó. El agua tomó un sucio color chocolatoso (todo ese lodo); luego, mirándome como si fuera mi culpa, arrojaron el agua por el lavadero y comenzaron otra vez con nuevas burbujas de jabón. Eli hacía pucheros, por supuesto.
—Deja de hacer eso, Eli —dijo su madre—. Me pone de nervios. Si quieres hacer algo de provecho, ve a buscar la secadora de pelo.
Así que Eli subió por la escalera, todavía llorando a gritos.
Yo me senté encima del aparador y los observé. Tomaron al pobre de Thumper y Lo volvieron a meter en la cubeta.
(¡Menos mal que ya estaba occiso! No le habría gustado ni tantito toda esa lavandería.) Cuando el agua finalmente corrió clara, lo sacaron y lo escurrieron. Luego lo pusieron sobre periódicos y le dieron a Eli la secadora.
—Ahora es tu turno —dijeron—. Que quede bien esponjadito.
Déjenme decirles que de inmediato puso manos a la obra. Esa Eli podría llegar a ser una peinadora brillante por la manera en que lo esponjó. Les aseguro que nunca vi a Thumper lucir tan lindo antes, y eso que vivió al lado durante años y años, y que lo veía todos los días.
“¡Guau!, Thump!” Lo saludé a medias con la cabeza y me fui a dar una vuelta para revisar lo que había quedado en los platos de alimento por la avenida.
‘Hola, Tuf’, pareció devolverme el saludo con un estremecimiento. Cierto, éramos buenos compañeros. Éramos amigos. Así que fue realmente agradable verlo lucir tan arreglado y elegante cuando Eli terminó con él.
Se veía muy bien.
— ¿Y ahora qué? —preguntó el padre de Eli.
La mamá de Eli le lanzó una mirada como las que a veces me hecha a mí, sólo que más agradable.
—Ay, no —dijo él—. Yo no, por favor. No, no, no.
—O lo haces tú o lo hago yo —resolvió ella—. Y yo no puedo ir.
—¿Por qué no? —dijo él—. Tú eres más pequeña que yo. Puedes arrastrarte a través de la cerca más fácilmente.
Entonces me di cuenta de lo que tenían en mente. Pero ¿qué podía yo decir? ¿Qué podía hacer para detenerlos? ¿Para explicarles?
Nada. Yo sólo soy un gato.
Me senté y observé.
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¡Por un planeta verde el pueblo revolucionario unido! CRANEO
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