Discusión: El tercer Reich
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Viejo 13-November-2012, 11:23
HERBERT HERBERT no ha iniciado sesión
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Predeterminado Re: El tercer Reich

La manera, en la que el judío adopta en forma deteriorante una cultura ajena, se demuestra en que mayormente se encuentra en el arte, el cual a su vez parece no estar enfocado en sensaciones propias, y ese es el actor teatral y de la naciente cinematografía.
A esa conclusión llego, porque el actor tiene que aparentar lo que no es, tiene que fingir y ser un buen imitador de un personaje, para interpretar su papel a la perfección, para convertirse en una estrella. Así también es el judío.
En vista de que el judío nunca había tenido un estado con determinados límites territoriales y por lo mismo no podía desarrollar una cultura propia, surgió en la imaginación general la idea de que se trataba de un pueblo nómada. Ese es un enorme y peligroso error. Ciertamente el nómada dispone de un cierto espacio vital, solo que no lo cultiva como un campesino sedentario, sino vive del rendimiento de sus rebaños con los que se desplaza constantemente, en busca de regiones más fértiles en mejores tierras. Eso evita el asentamiento y la formación de campamentos y posteriores aldeas y poblados.

Hay que tener en cuenta, que en la época de la colonización del continente americano, vinieron también muchos arios entre tramperos y cazadores y que además también eran granjeros, que en grandes caravanas traían consigo en sus carretones de tracción animal a su mujer y los niños y todo lo necesario para vivir, parecían ser nómadas, luchando además no solo con las inclemencias del lugar sin no también contra los pieles rojas nativos del lugar. Pero tan pronto como el creciente número de gente y el aumento de los mejores recursos se lo permitían, surgieron cada vez más asentamientos urbanos en el sitio.

Probablemente también el ario primero fue nómada y solamente al correr del tiempo se volvió sedentario, pero precisamente por eso jamás pudo ser judío. No, el judío no es nómada, porque el nómada ya adoptó una determinada postura con referencia al concepto “trabajo”, que es la premisa básica para cualquier desarrollo posterior, mientras se tienen facultades necesarias.
La básica ideología ideal, la tiene ya casi olvidada, y por eso a los pueblos arios les parece quizás un poco extraño en toda su manera de ser, aunque no antipático. Pero para el judío en cambio, esta actitud ni existe y por eso tampoco nunca fue nómada, sino siempre un parásito en el cuerpo de otros pueblos. El hecho, de que a veces abandonaba su espacio de vida actual, no tiene que ver con su propósito, sino que es el resultado de su expulsión, que de tiempo en tiempo decretaban los pueblos anfitriones de los que abusó. Su constante proliferación, sin embargo, es un fenómeno típico de todos los parásitos, que constantemente buscan nuevos caldos de cultivo.

Por el otro lado esto nada tiene que ver con los nómadas, porque el judío ni siquiera piensa en abandonar de nuevo un lugar, que ha ocupado, ya que piensa permanecer donde se encuentra, y con tal arraigo, que solo con la fuerza bruta se le puede correr. Su propagación hacia otros países se produce solo en el momento, en las condiciones también allí se han dado para sus necesidades... lo que sin embargo no significa abandonar su lugar de asentamiento anterior. Es y sigue siendo un típico parásito, un zángano, que como un bacilo maligno se sigue extendiendo tan pronto que se presente un nuevo caldo de cultivo.

En la vida del judío de actuar como parásito en el cuerpo de otras naciones y estados se fundamenta en su propia idiosincrasia, la cual una ves Schoppenhauer formuló, que el judío era el “gran maestro en mentir”. La misma existencia del judío lo impulsa a mentir, y al permanente mentir, como el norteño esta obligado a buscar su abrigo y vestimenta caliente.

Su vida incrustada en otros pueblos solo puede perdurar por tiempo, si logra causar la opinión, de que no se trata, de que sea de un pueblo extraño, sino que solo se trata de que pertenece a una especial comunidad religiosa.
Esa es la primera gran mentira.
Para su existencia como parásito de los pueblos pueda continuar, tiene que recurrir a la negación de su propia forma de ser. Entre más inteligente sea el judío, tanto más éxito tendrá en su cometido. Eso puede llegar a tal extremo, que grandes partes del pueblo anfitrión llegan a creer, que el judío es en verdad un francés, un inglés, un alemán o un italiano, aunque de diferente confesión. Principalmente entre la burocracia del estado, que de por si siempre solo conoce una pequeña fracción de la verdad histórica, cae en esta trampa con gran facilidad. El pensar de manera independiente en esos círculos, se considera como un verdadero pecado, contra el sagrado progreso, de modo que no hay que extrañarse, que por ejemplo un ministro de estado de Baviera, hasta la fecha no tiene ni la más remota idea, de que el judíos es miembro de un pueblo o raza y no solo de una religión.
Probablemente ni siquiera sabía, que Jesucristo era judío, y que el Cristianismo proviene del judaísmo, y que fueron los judíos, que lo crucificaron por apóstata, después de que Poncio Pilatos lavó sus manos en inocencia, dando la espalda. Pero ni eso lo hicieron los judíos, dejándole el trabajo a los romanos.

La religión judía es en primera línea un conjunto de ordenamientos para la conservación de la pureza de la sangre judía, así como el ordenamiento de las relaciones entre ellos mismos, pero más aún concerniente a la relación con otros pueblos no judíos. Su vida es solo de este mundo y su espíritu es ajeno al verdadero Cristianismo, como lo fue hace dos milenios, aunque su mensajero acudió al látigo, para correr a los mercaderes del templo del señor a esos adversarios de la humanidad, que tanto ayer como hoy y como siempre en la religión solo veían el medio para la existencia mercantilista.

Con relación el tan marcado espíritu mercantilista del judío, me viene a la memoria, lo que se cuenta como sigue:

Durante la guerra por lo general era el judío, el que en lugar de ser soldado, era el proveedor del forraje y de la avena para los caballos. Se cuenta que en una ocasión, el intendente de la caballería objetó la avena para los caballos, porque estaba podrida y apestaba. El comerciante judío, enfáticamente había respondido, que la avena era buena, y ¡el que apestaba era él !

Eso refleja atinadamente la fama que tenía el judío entre los soldados.

Los primeros judíos llegaron a Germania en el transcurso del avance de los romanos, y por cierto, siempre como mercaderes. Durante la tormenta de la invasión de los bárbaros, al parecer volvieron a desaparecer. Por lo tanto puede considerarse como la época de la formación de las primas formaciones estatales germánicas en la Europa central y nórdica, cuando de nuevo apareció el judaísmo. El desarrollo fue siempre igual, cuando el judío se encontraba con pueblos arios.

Con la formación de las primeras colonias urbanas, de pronto está el judío y viene como comerciante, que al principio no le da mucha importancia a la ocultación de su judaísmo. Posiblemente debido en parte a la gran diferencia racial, que hay con referencia al pueblo anfitrión y también por no dominar muy bien el lenguaje de éste, prefirió aparentar ser un comerciante extranjero. El efecto era, que por lo regular los pueblos de los colonos, por hospitalidad, eran más amables con los extraños.

Pero poco a poco el judíos comienza meterse en la economía, pero no como productor, sino exclusivamente como intermediario. En esta milenaria actividad del judío, resulta ser muy superior al ario torpe e inocentemente crédulo. Pero mientras tanto el judío intermediario logra convertir su actividad en un monopolio. Comienza a prestar dinero y siempre con usura, y se convierte en el inventor del “interés financiero” .

El comercio con el dinero se convirtió totalmente en su monopolio, y aparece en todas las instituciones financieras, que manejan dinero ajeno, haciendo negocios por cuenta propia.

Pero ahora el judío comienza a desplegar sus verdaderas cualidades. Con repugnante zalamería se acerca a los gobiernos, deja trabajar su dinero y se asegura una carta blanca para el saqueo de sus víctimas.
Eso provoca el coraje y la furia del pueblo contra el eterno zángano y por eso el judío ha sido expulsado una y otra y cien veces más de los más diversos países y naciones de la historia de la humanidad.
Sucedió en Egipto, en España, en Inglaterra y en muchos otros lugares y siempre el pueblo judío ha tenido que buscar nuevos pueblos, para convertirse en el JUDIO ERRANTE.


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