Discusión: Cuentos de puro susto
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Viejo 12-May-2013, 23:12
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El raro y muy sonado caso del infante parabólico y de su tatarabuela destransistorizada
para Cri—Cri y Cachirulo

Pequeña humanidad que le haces a la lectura:

Permíteme distraerte de las importantísimas actividades que por el momento ocupan tu atención, sean éstas la muy delicada tarea de derribar naves enemigas en la pantalla del juego de vídeo, la muy absorbente de seguir las aventuras de tu superhéroe o la muy comunitaria de disputarte una pelota.

Menos agraciada, acaso te encuentras vendiendo cosas que poca gente quiere comprarte, atendiendo tu comercio de golosinas. No es difícil que estés a punto de incendiarte el paladar con el dulce fuego del chamoi. Nada extraño sería que fueras nuevamente —y por tercera ocasión en el día— prófuga de la justicia adulta. Andas huyendo de regaños, de desagradables obligaciones que tanto te quitan el tiempo, además de ser demasiado terrestres para alguien que —como tú— ha recorrido a grandes velocidades el espacio intergaláctico, ha descubierto rastros de extraterrestres en las azoteas y tiene bajo su cama la más completa colección de los papelitos de plata en que se envuelven chocolates y cigarros, eso para no mencionar los álbumes de futbolistas y luchadores, ni la manera como se obtuvieron las estampas más difíciles. Tienes mucha razón cuando afirmas que ninguna estrella del balompié o la cuerda ha conservado el lustre en sus zapatos o las rodillas sin raspaduras...

Nos hemos trasladado a estas páginas para advertirte que lo que en este libro se te va a contar es todavía más viejo que tus abuelos. Se te cuenta para que imagines cómo le hacían al cuento en los finales años ochocientos y en los primeros novecientos. En esos tiempos no se ganaba uno nada juntando corcholatas, ni las aguas de limón y tamarindo habían caído presas de las botellas, artefactos que se volverían costumbre en todas las fiestas con el paso de los años.

Nuestros antepasados se acostumbraron a novedosos productos, máquinas, utensilios, modas y diversiones que por esos días se hacían de sus públicos favorecedores. Tales como la bicicleta, también llamada velocípedo, que por un tiempo fue el terror de los tranquilos transeúntes, pues temían ser atropellados por los principiantes en el arte del manubrio y el pedaleo. Como el tranvía sin mulitas, que se llevó entre sus ruedas a varios distraídos, de la misma manera que el alumbrado público se llevó a todos los espectros y fantasmas, acostumbrados a espantar en una ciudad a oscuras. También se aceptaron las exigencias del retrato fotográfico: largos momentos de inmovilidad a cambio de una imagen casi eterna del niño vestido de marinerito, del matrimonio delante de exóticos telones —ajenos por completo a la risa que en sus nietos y bisnietos provocarían tanta seriedad, caras tan compungidas.

En el paso de siglo XIX, al siglo XX, tiempo en que fueron editados estos cuentos y gobernaba México el presidente Porfirio Díaz, la palabra progreso era una de las más consentidas. La pronunciaban políticos y empresarios, se mencionaba en libros y periódicos. En su nombre se construyeron modernas fábricas con ruidosa maquinaria importada y ganancias para los extranjeros. Por el mentado progreso el ferrocarril anduvo de un lado para el otro, acercando lo apartado, uniendo poblaciones, echando sobre sus lomos la pesada carga de materias primas, productos terminados, paquetes, bultos, gente de todas partes; a veces el tren se descarrilaba y se convertía en noticia, suceso merecedor de una gacetilla callejera que daba —para el que sabía leer o tenía quien se la leyera— el chisme y todos sus detalles por escrito. Para los que desconocieran el alfabeto, un certero grabado saciaba su curiosidad.

Al servicio de la curiosidad, el entretenimiento y la información, estaba la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo, fundada en 1880. Por eso editaba lo mismo cancioneros que recetarios, lo mismo colecciones de cartas amorosas que de cuentos infantiles: literatura popular, de usos prácticos y espirituales. Para eso entró en tratos con grabadores, con Manuel Manilla y con José Guadalupe Posada: manos que ilustraran su variado catálogo de publicaciones, que volvieran trazos las fábulas, que echaran a andar a la fantasía. Un trabajo artesanal que atendía a una ciudad de México que no se soñaba asfixiada por multitudes, automóviles y camiones. En un paisaje sin antenas, el bullicio se hacía en las fiestas y fandangos, en el deambular de sombreros y rebozos por los puestos del mercado, a la hora de regatear y de pregonar, cuando se quemaban judas, cuando se echaban los dados para jugar a "Los Charros Contrabandistas".

Imagina, amiguito lector, a la diaria vida sin la radio. Nada se sabría entonces del que anda ahí y es Cri-Cri, el Grillito Cantor; nada de la tragedia de la muñeca fea, del marcial desfile de las letras y del ratón vaquero que habla inglés. Imagina a unos espectadores empavorecidos porque creían que se les venía encima la locomotora que, en la pantalla, proyectaba el cinematógrafo. Ignorábanse las andanzas seriadas de Flash Gordon, la tristeza de Bambi que ha perdido a su mamá, la animación colorida de las caricaturas de Walt Disney. Desconocíanse las matinés con funciones dobles. No estaba todavía en el mapa Disneylandia, de modo que tampoco existían las peregrinaciones de niños —y los papás de los niños que les pagaban el viaje— para retratarse con el ratón Miguelito. De la televisión ni sus luces, ni los concursos patrocinados por chiclosos, ni los clubes formados alrededor de algún tío, ni los pantalones cortos de Chabelo. Tampoco el Teatro Fantástico de Cachirulo. Imagina la imposibilidad de perderte por horas en un buen paquete de historietas: Kalimán en trance cataléptico, Memín Pingüín huyendo de la tabla con clavo de su mamá...

Pero no te vayas con la finta. No vayas a creer que los abuelos de tus abuelos se morían de aburrimiento. Cada época tiene sus juegos y sus juguetes, sus máquinas para producir sueños. La necesidad de imaginar siempre ha encontrado las maneras de satisfacerse. Muchas de las formas que los abuelos de tus abuelos utilizaban para contarse cosas se siguen utilizando todavía. Son tan antiguas como nuevas. Contar, cantar, hacer teatro, dar movimiento a unos muñecos.

Los abuelos de tus abuelos tienen, en vez de cine, a la linterna mágica. Hacen sombras chinescas con sus manos: un conejo, un lobo. Observan cómo otras manos que no se dejan ver —las del titiritero— hacen patalear, manotear y bailar a unos muñecos, por conducto de unos hilos; miran a esos muñecos repetir los oficios de los adultos y las travesuras de los niños, con tanto parecido a los niños y adultos reales, que hacen al público olvidarse de sus hilos. Cambian los telones del teatrito callejero, cambian los paisajes, llegan nuevas aventuras, otros peligros, las mismas tentaciones, las moralejas de siempre.

Los abuelos de tus abuelos tenían en la calle a la máquina para soñar por excelencia. Afuera de la casa estaba el entretenimiento, había que ir por él, había que encontrarlo en los patios, en los callejones, en las plazuelas y esquinas. La calle pone los hoyos, a los niños les toca poner las canicas. La fórmula que utilizaba la mayoría de la gente para distraerse y echar relajo, consistía simplemente en sumarle a la calle algo más. Calle + oscuridad = ánimas en pena, apariciones nocturnas que piden a gritos un relato. Calle + señor feo y malencarado = robachicos, rápidamente descritos por comadres que jamás los han visto. Calle + desfile de payasos y acróbatas = circo no lejos del barrio. Calle + efeméride cívica o religiosa = feria, ocas, serpientes y escaleras, antojitos varios, volantines o cabalgatas volantes, palo ensebado con premios, toros, peleas de gallos. Calle + vendedor ambulante = pregón, anuncio de todo tipo de mercancías, unas comestibles y otras no, para la devoción y para el juego. Calle + señor o señora viejitos, sentados en una sillita enana = cuenteros, oficio que consiste en tener atentos a los niños —y a los grandes también— alrededor suyo, hincados, en cuclillas, tirados de panza, escuchando los relatos que brotan del manantial de su lengua.

Viene de la calle el cuentero que hace y rehace historias que ha escuchado de otras lenguas, del campo y de la ciudad, del país y del extranjero, mezclando nahuales con caperucitas... hasta que termina por enterarse la imprenta —vieja parlanchina— y de esas invenciones saca colecciones de bonitos cuentos, aparentemente detenidos en la letra impresa.

Pero sabido es que el cuento es de quien lo cuenta, y tu podrías ser el lector que devolviese al anónimo río callejero los relatos que a continuación se te ofrecen, reanimándolos con el oxígeno de una nueva lectura, volviéndolos a contar en tiempos tan diferentes a los que les tocó, cuando fueron publicados por la imprenta Vanegas Arroyo, recordando con ello a sus lectores, a sus fantasías y a su lenguaje que, aunque parece viejo, todavía hace cosquillas...
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¡Por un planeta verde el pueblo revolucionario unido! CRANEO

Editado por ranis en 12-May-2013 a las 23:15
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