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En lamentable accidente
que sufriera Catarino,
la desgracia se le vino
porque en él perdió su pene.

Al urólogo fue a ver,
luego luego, sin tardar,
para inmediato saber
si lo podía restaurar.

Aquel médico le dio
opciones para curarlo,
y enseguida le enseñó
de penes un gran muestrario.

Había pequeños, medianos
y grandes que se mostraban:
y según fuera el tamaño,
así se les cotizaba.

El pequeño era barato
y el mediano valía más,
el más grande era más caro,
según la necesidad.

Catarino se inclinaba
entre el mediano y el grande,
aunque más caros costaban;
y ante la duda que esboza,
sería como lo deseara
su amada y querida esposa.

Fue a consultar a su esposa
sobre el asunto en cuestión,
y ella le dijo graciosa
lo escrito a continuación:

“Mi opinión te voy a dar
y espero no te de muina;
como poco se ha de usar
y no es cosa de rutina,
eso que vas a gastar,
mejor me lo debes dar
para arreglar la cocina”