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Discusión: Taller del Alquimista...

  1. #501
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    Predeterminado Re: Taller del Alquimista...

    Cuento de Klar... Entrega 21

    Pero noooo, el pendejo tan pendejo seguía con sus pretensiones de superhéroe. Regateando su dignidad, limosneando respeto. A los falderos se les respeta como falderos y eso fue lo que Carlos no entendió. En su corazón quería revancha. Cada día que pasaba, sumaba en los pasivos, sin pensarlo realmente, cada agravio, cada reproche, cada imposición, cada sometimiento. Según él, conscientemente los aceptaba y soportaba, pero subconscientemente los archivaba en el cajón de la venganza. Venganza, revancha.
    En la ocasión en que detuvieron al General, aunque se sentía un poco espantado y exteriormente compungido, en el interior, reía a carcajadas. Jugaba con la imagen de un General torturado por sus antiguos amigos. Soñaba despierto que asistía a una sesión en donde madreaban al General con saña medieval y lo conducían desnudo a una celda de un metro por un metro en la que el suegro se revolcaba en su propio vómito, excremento, orines y sangre. Los días en que se llevaron a la Suegra y a su esposa a declarar durante dos días. Se emocionaba deambulando por la casa solitaria y desordenada. Se imaginaba que la policía y el ejército ahora eran sus aliados involuntarios y habían regresado por su cuenta todas y cada una de las humillaciones que le habían propinado al pendejazo. El único inconveniente era el de cuidar a los chamacos mamones y después, que el par de perras regresaron con ganas de desquitarse con el primer tarado que se les atravesara y por supuesto que él fue el primer tarado que se atravesó, así que su mundo ideal duró muy poco. Pues así las cosas… Ahora que la presión se veía incrementada por las situaciones propias y las que se sumaron con el involucramiento del General con el narco, el buen Carlos había encontrado un nuevo refugio, uno más material que sus jueguitos de video pero igualmente irreal… Juan el Jedi…
    Lo veía en cuanto podía, lo visitaba, le hablaba, lo invitaba a comer, lo invitaba a su casa, iba a su casa y en fin. Se había obsesionado con su Jedi. Y el viejo enigmático se sentía joven de nuevo con un amigo tan entusiasta y más por compartir lo que él era que por una pretensión de enseñar, le fue infundiendo su visión de la vida y lo agradaba con pláticas interminables de viajes, de costumbres extrañas y de mar. Al viejo le gustaba prender una fogata que tonaba durante horas con un fuego casi inexistente, apenas visible de color azul pálido envuelto en cenizas, que persistía por horas. Y le gustaban los aromas que de este fuego salían y los crepitares y los ambientes que propiciaba tal fuego para la plática profunda y la interiorización. Cuando estaban ahí, parecía que hablaban más para si mismos que para el otro. Cuando estaban ahí, fijaban la vista por horas en las brazas mustias de fuego ligero y permanecían en una especie de estado hipnótico por horas.

    Recurrentemente abordaban el tema del sueño de Carlos. Ese sueño de sombras dentadas, de la bóveda arbórea carente oxígeno, de las bodegas abandonadas en la margen de su subconsciente. Y Juan que estimaba al chamaco, prestó su arte para remediar su tristeza. Recordó sus tiempos de mikosukee y se aprestó a intervenir. Según su ciencia, el sueño de Carlos quería decir que en la vida real, se sentía aprisionado. Que había quedado atrapado en los modelos sociales. Que la bóveda arbórea representaba el esqueleto que había construido su madre de necesidades económicas. Que el árbol era el recuerdo de su padre que existía como una roca insensible, lejos de lo que debe ser un árbol, pero que permanecía ahí como testigo indiferente de todo lo que le acontecía. Que la muralla llorona e inexpugnable representaba su ineficiencia para trazarse metas y cumplirlas. La imposibilidad de trascender según sus propias expectativas. Que las hiedras espinosas representaban sus sentimientos hacia si mismo y su propio sistema de creencias que le marcaban una frontera inexpugnable para actuar de una manera distinta a la que se había conducido hasta este momento en su vida. El riachuelo representaba sus pequeñas alegrías en la vida. Un rio casi muerto, lleno de el estiércol que destilaba su propia autoestima. Y las bodegas representaban a su madre. Esa madre que lo había engatusado desde niño con ideas de grandeza que lo habían conducido a vivir arrodillado, suplicando reconocimiento a cambio de status y dinero, que a final de cuentas no era suyo. Dinero que para él representaba más un maldición que las bondades que le había prometido su madre noche tras noches, durante interminables años. El sueño que su madre le planteó se había convertido en una pesadilla de ultratumba. Que la falta de oxígeno representaba tristezas, muchas tristezas. O mejor dicho, falta de felicidad. Triunfalmente había llegado a la conclusión que el oxígeno era la felicidad y mientras más tiempo permaneciera en esa bóveda petrificada, esa felicidad natural con la que había nacido, se iría agotando día con día, hasta que sucumbiera, literal y metafóricamente.

    Mención aparte merecen las feroces sombras que lo acechaban, al parecer con bastante mal humor y mucha hambre. El Jedi Juan, había interpretado que los engendros eran las malas situaciones que se propiciaban con las personas con la que tenía alrededor. Esto es, que esas figuras no representaban a nadie en particular sino a los malos ratos que había pasado en compañía de personas que no le eran gratas pero con las que tenía que convivir forzosamente.

    Así que, ya desentrañado el misterio, le dijo alegremente a Carlos que procederían a resolver el problema. Primero en el mundo de los sueños y luego en el mundo de la realidad. Según Juan, comenzaría a entrar a su prisión onírica con él como guía, en una especie de hipnosis o sueño guiado. Ahí él, le iría diciendo cómo actuar ante los elementos y situaciones que ahí se presentaban, así cómo ayudándolo a controlar las emociones que experimentaba ante tales elementos. Y para acabarla de chingar, estimó que podían hacer uso de un aliado poderoso en todo el proceso. De un pequeño morralito sacó unas hojas muy verdes que metió a su boca y masticó con pesadas y lentas oscilaciones de vaca, luego metió otro pequeño puñado sin sacar el que ya tenía en la boca pero tampoco lo tragó. Así repitió la acción con la parsimonia mecánica que da cualquier hábito, bueno o malo. Se veía curtido en eso de la masticada de hierbas, pues. Sus cachetes se iban inflando y de la comisura de sus labios empezaban a escurrir gotitas casi imperceptibles de ese líquido verdoso compuesto por la savia de las hojas y su propia saliva. En tanto hacía esto, tomó una hoja de mayor tamaño y grosor, y la sumergió en el pocillo de peltre que utilizaba para beber agua. Tras unos momentos haciendo ambas cosas, escupió en su propia mano una masa de regular consistencia y empezó a amasar como hacen las tortilleras. De su boca casi sin moverse empezó a salir una tonadilla entre canto y rezo, en un idioma que solamente Juan sabía y su respiración se hizo lenta. Por algunos minutos repitió la operación, dando vueltas y vueltas a la masilla, jugando con esa pelotita verdosa y canturreando a murmullos esa tonadilla pegajosa y repetitiva. Cuando finalmente estuvo satisfecho con el resultado de su amasamiento, sacó la hoja grande del pocillo e hizo un taquito muy apretadito. Después lo amarró con lo que parecían unas delgadísimas raíces y el atadito ese lo sumergió en el pocillo. Escogió dos teas no muy grandes ni muy chicas y las apartó del centro de la fogata con el cuchillito que desenfundaba mágicamente de su cinturón y entre las dos piedritas incandecentes puso el bote de peltre para que se calentara con la mezcla en su interior.

    Al ver la expresión de Carlos, regresó a este mundo para explicarle que se trataba de una Planta Maestra. Le explicó que la gente la conocía como "La Salvis" y que cuando no la encontraba y la tenía que ir a comprar con la hierbera, la tenía que pedir como "Salvia Adivinorum". Un regalo de los dioses para conjurar a los propios demonios.... En ese momento se juntaron todos los ingredientes del pastel. Ahora sólo era cuestión de tiempo y si algo es seguro en esta vida, es que todos los plazos llegan y el de Carlos estaba por llegar...
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  2. #502
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    Predeterminado Re: Taller del Alquimista...

    Jajajaja genial Alqui, fijate que esta última entrega me recordó algo que leí en It, de Stephen King; para entender qué hace el payaso entran en una tienda india y con el humo de hierbas quemadas entran en trance... no recuerdo bien hace un montón de años que lo leí, pero al leerte me llevó a esa parte.
    Dejame decirte que asi como me leo de sabroso a King, te leo a ti y de verdad es un placer.
    Un abrazote mi estimado.
    Te extrañaría aunque no nos hubiéramos conocido...

  3. #503
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    Predeterminado Re: Taller del Alquimista...

    ¿Y como le vamos a poner al cuanto?
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  4. #504
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    Predeterminado Re: Taller del Alquimista...

    "Viniendo del Imperio Chino, se encontró el té con la salvia en el camino..."

    Creo que Carlos está a punto de entrar en el fuego con un precario bagaje y un mínimo instructivo.

    Excelente relato Alquimista.

    Saludos.

  5. #505
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    Predeterminado Re: Taller del Alquimista...

    Hum vamos pensando en el título, no se me ocurre nada pero creo que la palabra quimera debe ir ahí. No sé cuando pienso en esta historia la primera imagen que se me viene a la mente es una quimera, si una quimera que promete un premio al final del camino pero que cuando llegas se sonríe y se esfuma, algo así...
    Te extrañaría aunque no nos hubiéramos conocido...

  6. #506
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    Predeterminado Re: Taller del Alquimista...

    Iren si no encabrona o por lo menos desmotiva... Ya se que dejo mucho tiempo tirado aquí el changarro, pero no siempre es a la mala. Se me ocurrió preguntarles cómo le ponemos al cuentito antes de rematarlo, así como para que el ejercicio fuera un poco más completo. Al fin y al cabo, se supone que es un taller, pero así nomás mi gran amigo Cubo y mi queridísima incondicional Bug se me aparecieron a decirme algo. Manque sea la Klar a ver como va el cuento o alguien más... Es mucho pedir, pero tampoco hay que ser...

    Atte

    El chilletas.
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  7. #507
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    Predeterminado Re: Taller del Alquimista...

    Un mes de espera, Alquimista.

    Saludos.

  8. #508
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    Predeterminado Re: Taller del Alquimista...

    Cuento de Klar... Entrega 22

    Carlos se introdujo el amasijo de hierbas debajo de la lengua como le indicara Juan. En principio no sintió sabor alguno. Su corazón palpitaba más por la emoción que por el efecto temprano del fármaco. Sabía que estaba trasgrediendo una frontera oculta que no era del todo legal en su fuero interno. Sentía una mezcla de emociones que no podía identificar. Por una parte, sentía confianza. Se estaba dejando guiar a un lugar desconocido por el que pensaba su Gran Maestro. Por otra parte sabía que estaba participando de alguna especie de actividad ilegal, aunque no lo era. La salvia adivinorum o sus componentes no estaban antes ni lo están ahora en los catálogos de sustancias prohibidas por la ley. De hecho parte de la mezcla que tenía en la boca, la había adquirido Juan en el mercado local con una hierbera y otra parte la había encontrado él mismo en el bosque. Así que Carlos estaba equivocado en más de un sentido, como siempre.

    Otro sentimiento que lo acariciaba placenteramente, es que la actividad en la que estaba participando, estaba vedada al control de la neurasténica pelirroja. Era algo de él solito y para él solito. Se burlaba internamente de sus suegros y de su esposa, al pensar que él estaba ahí, sólo, haciendo lo que le gustaba hacer, aunque no supiera de lo que se trataba, lejos del poder del General, de la zángana de su suegra o de la insoportable madre de sus hijos. También se burlaba de su madre. Jejejejejejeje se carcajeaba en sus adentros. Pensaba con sincero contento que su madre, aquélla que “siempre se había sacrificado tanto, tratando de insertarlo en el mundo de los poderosos”, estaría aterrada viéndolo tirado en la tierra, mascando drogas acompañado de un paria que no tenía más hogar, tierra o pertenencia que lo que llevaba puesto y su pequeño cuchillito semejante a un juguete. De sus hijos ni se acordaba en guey.

    Para Carlos, sus hijos, nunca lo fueron en realidad. Los veía más como hijos del General y así lo entendía la mayoría de la familia. El que decía qué, cómo y cuándo, respecto de la educación, el sostenimiento, el vestido, las actividades, la transportación y las vacaciones de los chamacos, invariablemente era el General, el cual, de la mano de su hijo, siempre disponían de cosas y situaciones para ellos, muy por encima de las posibilidades de Carlos. Esto es, no tenía ni voz ni voto y cuando se le ocurría cualquier cosa fuera de la agenda programada por el General o su esposa, regularmente no tenía el recurso libre o la aprobación de la esposa para ejecutarlo. Así que aunque muchas veces hizo unos entripados de campeonato mundial, terminó resignándose a verlos como una especie de hermanos, estorbosos, mañosos, malcriados e irrespetuosos que en regularmente lo llamaban por su nombre en lugar de Papá.

    Aunque por el más chiquito, sentía cierta afinidad y amor que no podía mesurar. Sentía una ternura extática que de vez en cuando lo hacía sonreír a solas como un loco. El pequeño, lo hacía en ocasiones pensar que si eran sus hijos y le rescataba para si mismo, algo del amor paternal que debía haber tenido siempre. Extrañamente, súbitamente recordó al pequeño y sintió un poco de vergüenza por lo que estaba haciendo.

    Antes de sentir la lengua dormida, se preocupó un poco tratando de pensar cuáles serían los efectos de la Salvia en su organismo, cuánto duraría el efecto, qué efectos le traería a su organismo, si le produciría alucinaciones o inconsciencia o algo de lo cual lamentarse de por vida. Juan lo tranquilizó con una especie de mirada de aprobación.

    Carlos empezó a sentir los efectos de la droga. La Salvia no es como un macanazo en la nuca. Es más bien una pequeña ola que acaricia los pies con lengüetazos cadenciosos y sonidos arrulladores, para luego ir acariciando lenta y paulatinamente todo el cuerpo hasta quedar sumergido por completo en un mundo irreal. En lo físico, Carlos sintió su lengua adormecerse, como si ya no le perteneciese. Después punzadas y picores en las paredes internas de los cachetes y comezón en la garganta. Luego una especie de quemazón que bajaba por el esófago y contracciones profundas en el estómago que le hicieron dar grandes arcadas y para terminar vomitando profusamente un líquido marrón muy amargo. –Te estás limpiando, mi Chariie. le dijo Juan en tono cariñoso. Es normal. No te me espantes.

    Para ese momento, Carlos ya no oía a Juan, peleaba con su cuerpo y todas esas graves sensaciones que nunca había experimentado antes. Jadeaba, jalaba aire con desesperación. Cerraba los ojos y se los tallaba con el dorso de la mano, tratando de recuperar cordura, pero no. Su cuerpo había iniciado un proceso de intoxicación del que él no tenía control alguno. Se revolvió en el piso junto a la fogata como un animal herido y cayó de espaldas recargado contra una pequeña loma.

    Un calor intenso lo rodeó. Sintió su cuerpo fluir en una especie de líquido anaranjado que era entre un gas y un líquido, el cual igual se podía respirar. Sintió como su cuerpo perdía sensaciones y sintió que todo él mismo, su alma o su energía vital o lo que sea, se desfundaba de su cuerpo y se iba conteniendo todo él en la parte de su cabeza. Sintió cómo su cabeza crecía y crecía como un inmenso globo y luego sintió que se desprendía de su cuerpo para flotar en ese plasma anaranjado como un globo movido a capricho del viento. Se espantó en principio al no verse a si mismo antropomorfo. Literalmente sin pies ni cabeza, no sabía qué o quién era o si era o no era. En un momento sintió una enorme y poderosa presencia que lo observaba a cierta distancia. Su poder lo sobrecogía. No sabía si era bueno o malo, pero intuía que de venirle en gana, podría destruirlo con sólo pensarlo. Se sintió pues, humilde y pensó presentarle sus respetos a esa presencia divina. En su alucín, pensó recibir la aprobación del ente y siguió con su narcotizado ejercicio.

    En ese momento oyó a Juan dándole instrucciones. Eso le devolvió la forma y lo ubicó de nueva cuenta recargado contra la lomita. Juan le indicó que fuera directo al lugar en donde habitaban sus pesadillas. Que ingresara a al bosque que de siempre lo hacía gritar por la noches. En ese lugar sin lugar, le indicó que aterrizara. Que ahora estaba dotado con un nivel superior de conciencia y control sobre la situación. Que de quererlo podría materializar cosas ahí adentro. Le indicó que hiciera un fuego. Que con sólo tocar el árbol, éste reverdecería y daría jugosos y sabrosos frutos. Le dijo que imaginara el asqueroso caño como un hermoso riachuelo pleno de peces y aguas cristalinas. Le recomendó asomarse al abismo y disipar las nubes con su pensamiento para dar paso a una hermosa vista de un extenso valle. En su viaje, en contra del ambiente de paz y armonía que dominaba toda la experiencia, Carlos decidió lidiar contra las sombras tenebrosas introduciendo armas al lugar. Como si fuera un juego de video, disparaba en contra de ellas y ya siendo un experto tirador, a ninguna fallaba. Veía a aquellos entes descarnados explotar bajo el impacto de sus atinadísimas balas.

    Juan instruyó a Carlos para que deambulara por su prisión de pesadilla y la modificara a placer. Lo que lograba sin muchos problemas. Después, dentro de su viaje de alucinación, se quedó dormido y despertó al otro día con una sed histórica. Juan había preparado te de asar sin azúcar, mismo que bebió Carlos ávidamente. Pero aparte de la sed, Carlos se sentía vigorizado. Lleno de recuerdos muy claros de su experiencia con la planta maestra. Se sentía fuerte, despierto, entusiasmado y platicó durante horas con Juan de sus experiencias.

    Lo trágico, fue que días después, cuando ya instalado en su vida cotidiana volvió a tener la pesadilla de siempre, pero ahora con mayor claridad, con mayor desesperación y con dificultades superiores. Parecía que ahora ya sin la influencia de la Salvia, el lugar tomara venganza. El sitio parecía más pequeño y el aire casi inexistente. Las fronteras naturales de su sueño se intuían en la oscuridad, más cercanas. La bóveda se veía a escasos metros y el árbol parecía más pétreo que nunca. Las sombras tardaron en aparecer menos que de costumbre y ahora si, lo mordieron sin piedad. Mordidas que sentía le llegaban a los huesos. En la oscuridad sentía cómo las sombras enfurecidas morían y arrancaban pedazos de su piel y de sus músculos, royendo después sus propios huesos. Escuchaba como se desgarraban sus tejidos y ni siquiera sus desesperados gritos podían ahogar el sonido de bocas masticando y gargantas tragando con frenesí, furia y hambre. Esta vez despertó bañado en sudor, gritando espectacularmente y jadeando durante varios minutos. Después ya no se quiso dormir. Se sobaba las pantorrillas, como buscando que estuviera completo. Se apretaba el estómago con desesperación, cerciorándose de que estuvieran ahí sus tripas. Estaba desconsolado. Parecía que las visiones habían tomado revancha de haber perturbado sus dominios.
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  9. #509
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    Predeterminado Re: Taller del Alquimista...

    Cuento de Klar... Entrega 22

    Carlos se introdujo el amasijo de hierbas debajo de la lengua como le indicara Juan. En principio no sintió sabor alguno. Su corazón palpitaba más por la emoción que por el efecto temprano del fármaco. Sabía que estaba trasgrediendo una frontera oculta que no era del todo legal en su fuero interno. Sentía una mezcla de emociones que no podía identificar. Por una parte, sentía confianza. Se estaba dejando guiar a un lugar desconocido por el que pensaba su Gran Maestro. Por otra parte sabía que estaba participando de alguna especie de actividad ilegal, aunque no lo era. La salvia adivinorum o sus componentes no estaban antes ni lo están ahora en los catálogos de sustancias prohibidas por la ley. De hecho parte de la mezcla que tenía en la boca, la había adquirido Juan en el mercado local con una hierbera y otra parte la había encontrado él mismo en el bosque. Así que Carlos estaba equivocado en más de un sentido, como siempre.

    Otro sentimiento que lo acariciaba placenteramente, es que la actividad en la que estaba participando, estaba vedada al control de la neurasténica pelirroja. Era algo de él solito y para él solito. Se burlaba internamente de sus suegros y de su esposa, al pensar que él estaba ahí, sólo, haciendo lo que le gustaba hacer, aunque no supiera de lo que se trataba, lejos del poder del General, de la zángana de su suegra o de la insoportable madre de sus hijos. También se burlaba de su madre. Jejejejejejeje se carcajeaba en sus adentros. Pensaba con sincero contento que su madre, aquélla que “siempre se había sacrificado tanto, tratando de insertarlo en el mundo de los poderosos”, estaría aterrada viéndolo tirado en la tierra, mascando drogas acompañado de un paria que no tenía más hogar, tierra o pertenencia que lo que llevaba puesto y su pequeño cuchillito semejante a un juguete. De sus hijos ni se acordaba en guey.

    Para Carlos, sus hijos, nunca lo fueron en realidad. Los veía más como hijos del General y así lo entendía la mayoría de la familia. El que decía qué, cómo y cuándo, respecto de la educación, el sostenimiento, el vestido, las actividades, la transportación y las vacaciones de los chamacos, invariablemente era el General, el cual, de la mano de su hijo, siempre disponían de cosas y situaciones para ellos, muy por encima de las posibilidades de Carlos. Esto es, no tenía ni voz ni voto y cuando se le ocurría cualquier cosa fuera de la agenda programada por el General o su esposa, regularmente no tenía el recurso libre o la aprobación de la esposa para ejecutarlo. Así que aunque muchas veces hizo unos entripados de campeonato mundial, terminó resignándose a verlos como una especie de hermanos, estorbosos, mañosos, malcriados e irrespetuosos que en regularmente lo llamaban por su nombre en lugar de Papá.

    Aunque por el más chiquito, sentía cierta afinidad y amor que no podía mesurar. Sentía una ternura extática que de vez en cuando lo hacía sonreír a solas como un loco. El pequeño, lo hacía en ocasiones pensar que si eran sus hijos y le rescataba para si mismo, algo del amor paternal que debía haber tenido siempre. Extrañamente, súbitamente recordó al pequeño y sintió un poco de vergüenza por lo que estaba haciendo.

    Antes de sentir la lengua dormida, se preocupó un poco tratando de pensar cuáles serían los efectos de la Salvia en su organismo, cuánto duraría el efecto, qué efectos le traería a su organismo, si le produciría alucinaciones o inconsciencia o algo de lo cual lamentarse de por vida. Juan lo tranquilizó con una especie de mirada de aprobación.

    Carlos empezó a sentir los efectos de la droga. La Salvia no es como un macanazo en la nuca. Es más bien una pequeña ola que acaricia los pies con lengüetazos cadenciosos y sonidos arrulladores, para luego ir acariciando lenta y paulatinamente todo el cuerpo hasta quedar sumergido por completo en un mundo irreal. En lo físico, Carlos sintió su lengua adormecerse, como si ya no le perteneciese. Después punzadas y picores en las paredes internas de los cachetes y comezón en la garganta. Luego una especie de quemazón que bajaba por el esófago y contracciones profundas en el estómago que le hicieron dar grandes arcadas y para terminar vomitando profusamente un líquido marrón muy amargo. –Te estás limpiando, mi Chariie. le dijo Juan en tono cariñoso. Es normal. No te me espantes.

    Para ese momento, Carlos ya no oía a Juan, peleaba con su cuerpo y todas esas graves sensaciones que nunca había experimentado antes. Jadeaba, jalaba aire con desesperación. Cerraba los ojos y se los tallaba con el dorso de la mano, tratando de recuperar cordura, pero no. Su cuerpo había iniciado un proceso de intoxicación del que él no tenía control alguno. Se revolvió en el piso junto a la fogata como un animal herido y cayó de espaldas recargado contra una pequeña loma.

    Un calor intenso lo rodeó. Sintió su cuerpo fluir en una especie de líquido anaranjado que era entre un gas y un líquido, el cual igual se podía respirar. Sintió como su cuerpo perdía sensaciones y sintió que todo él mismo, su alma o su energía vital o lo que sea, se desfundaba de su cuerpo y se iba conteniendo todo él en la parte de su cabeza. Sintió cómo su cabeza crecía y crecía como un inmenso globo y luego sintió que se desprendía de su cuerpo para flotar en ese plasma anaranjado como un globo movido a capricho del viento. Se espantó en principio al no verse a si mismo antropomorfo. Literalmente sin pies ni cabeza, no sabía qué o quién era o si era o no era. En un momento sintió una enorme y poderosa presencia que lo observaba a cierta distancia. Su poder lo sobrecogía. No sabía si era bueno o malo, pero intuía que de venirle en gana, podría destruirlo con sólo pensarlo. Se sintió pues, humilde y pensó presentarle sus respetos a esa presencia divina. En su alucín, pensó recibir la aprobación del ente y siguió con su narcotizado ejercicio.

    En ese momento oyó a Juan dándole instrucciones. Eso le devolvió la forma y lo ubicó de nueva cuenta recargado contra la lomita. Juan le indicó que fuera directo al lugar en donde habitaban sus pesadillas. Que ingresara a al bosque que de siempre lo hacía gritar por la noches. En ese lugar sin lugar, le indicó que aterrizara. Que ahora estaba dotado con un nivel superior de conciencia y control sobre la situación. Que de quererlo podría materializar cosas ahí adentro. Le indicó que hiciera un fuego. Que con sólo tocar el árbol, éste reverdecería y daría jugosos y sabrosos frutos. Le dijo que imaginara el asqueroso caño como un hermoso riachuelo pleno de peces y aguas cristalinas. Le recomendó asomarse al abismo y disipar las nubes con su pensamiento para dar paso a una hermosa vista de un extenso valle. En su viaje, en contra del ambiente de paz y armonía que dominaba toda la experiencia, Carlos decidió lidiar contra las sombras tenebrosas introduciendo armas al lugar. Como si fuera un juego de video, disparaba en contra de ellas y ya siendo un experto tirador, a ninguna fallaba. Veía a aquellos entes descarnados explotar bajo el impacto de sus atinadísimas balas.

    Juan instruyó a Carlos para que deambulara por su prisión de pesadilla y la modificara a placer. Lo que lograba sin muchos problemas. Después, dentro de su viaje de alucinación, se quedó dormido y despertó al otro día con una sed histórica. Juan había preparado te de asar sin azúcar, mismo que bebió Carlos ávidamente. Pero aparte de la sed, Carlos se sentía vigorizado. Lleno de recuerdos muy claros de su experiencia con la planta maestra. Se sentía fuerte, despierto, entusiasmado y platicó durante horas con Juan de sus experiencias.

    Lo trágico, fue que días después, cuando ya instalado en su vida cotidiana volvió a tener la pesadilla de siempre, pero ahora con mayor claridad, con mayor desesperación y con dificultades superiores. Parecía que ahora ya sin la influencia de la Salvia, el lugar tomara venganza. El sitio parecía más pequeño y el aire casi inexistente. Las fronteras naturales de su sueño se intuían en la oscuridad, más cercanas. La bóveda se veía a escasos metros y el árbol parecía más pétreo que nunca. Las sombras tardaron en aparecer menos que de costumbre y ahora si, lo mordieron sin piedad. Mordidas que sentía le llegaban a los huesos. En la oscuridad sentía cómo las sombras enfurecidas morían y arrancaban pedazos de su piel y de sus músculos, royendo después sus propios huesos. Escuchaba como se desgarraban sus tejidos y ni siquiera sus desesperados gritos podían ahogar el sonido de bocas masticando y gargantas tragando con frenesí, furia y hambre. Esta vez despertó bañado en sudor, gritando espectacularmente y jadeando durante varios minutos. Después ya no se quiso dormir. Se sobaba las pantorrillas, como buscando que estuviera completo. Se apretaba el estómago con desesperación, cerciorándose de que estuvieran ahí sus tripas. Estaba desconsolado. Parecía que las visiones habían tomado revancha de haber perturbado sus dominios.
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  10. #510
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    Predeterminado Re: Taller del Alquimista...

    La bruma naranja de la experiencia del protagonista -en su fase amorfa- me recordó a la de los tanques ingrávidos de los navegantes de la Cofradía de "Dune".

    Creo que la estructura del conflicto que vive el personaje se asemeja a la de la profecías, con un horizonte próximo -typo: la pesadilla del bosque- y uno remoto -antitypo: la transformación del mismo espacio-.

    Saludos Alquimista.

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