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View Full Version : Teseo y el Minotauro



ranis
14-mayo-2013, 08:12
Cuentos de Polidoro
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CRÉDITOS

Teseo y el Minotauro

Narración de Cristina Gudiño Kieffer

Ilustración de Ayax Barnes

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Coedición: CEAL / Hachette / SEP

Primera reimpresión 1996

ISBN 968-29-2535-5

Impreso y hecho en México

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En una islita rocosa que flotaba en medio del mar, vivía un monstruo feroz.

La islita se llamaba Creta y el monstruo se llamaba Minotauro.

El Minotauro tenía un cuerpo raro, mezcla de hombre y de toro, y una fuerza terrible.

Además tenía la mala costumbre de comerse todos los años a los jóvenes más fuertes y hermosos de la ciudad de Atenas.

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Por eso en Atenas la alegría duraba todos los días del año, menos uno.

Ese día todos estaban tristes y desconsolados porque partía el barco hacia Creta.
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El barco que llevaba catorce víctimas para el Minotauro.

Siete muchachos y siete chicas, que partían resignados a tan triste suerte.

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Porque eran pesimistas.

Pero una vez hubo un optimista: el príncipe Teseo, conocido por todo el mundo por su valor.

¡Por su gran valor!

Tan valiente era, que no le tenía miedo a nada ni a nadie. Ni a los bandidos que asaltaban la ciudad, ni a los gigantes que asustaban a la gente por los caminos.

Tenía, sobre todo, una gran confianza en sí mismo. Y quería acabar para siempre con el único día triste del año que apenaba a su querida ciudad de Atenas. Pero sabía que, para conseguirlo, tenía que enfrentar al Minotauro y no dejarse comer por él.

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14-mayo-2013, 08:23
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Lo primero que hizo Teseo para poner en práctica su plan fue embarcarse con sus compañeros en un barquito, con velas negras, que se dirigió velozmente hacia la peligrosa isla de Creta.

La quilla del barco golpeaba con tanta fuerza a las olas del mar, que éstas se asustaron y gritaron:

—¿A dónde vas, Teseo, con tanta prisa?

—¡A enfrentarme con el Minotauro!

—¡Ten cuidado con él! ¡Es más, fuerte que un toro! —le aconsejaron las olas, al mismo tiempo que le abrían paso.

¡Y tenían mucha razón!


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El Minotauro era fuerte, muy fuerte, y casi siempre estaba de mal humor.

Sobre todo porque lo habían encerrado en el Laberinto, una cueva que daba muchas vueltas y que tenía una gran cantidad de pasillos, encrucijadas y recovecos.

De manera que el monstruo estaba siempre mareado y aburrido.

Sus bostezos y sus rugidos de rabia hacían temblar la isla entera.

¡Y temblando la encontró Teseo al desembarcar! Pero no tuvo miedo

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El primero que salió a recibirlo fue el rey de la isla, que estaba un poco intrigado porque nunca había visto un barco con velas negras. Le parecía de mal presagio.

—¿Qué significa este barco enlutado? —le preguntó en voz muy alta y enojado.

—Significa que nada bueno te anunciamos —le contestó Teseo divertido.

—¡Insolente! ¿Quién eres?

—Soy Teseo. Vengo a visitar el Laberinto y a pelear con el Minotauro.

—¿A visitar el Laberinto? ¿Y a pelear con el Minotauro? ¡Ja, ja, ja!... —se rió el rey—. ¡Pero no sabes lo que dices!

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Sí, al rey aquello le pareció un disparate, porque él sabía que era fácil entrar en Laberinto, pero que era dificilísimo salir.

Por dos causas: primero, el Laberinto era una trampa terrible, que tenía una sola puerta que servía de entrada y su interior era tan complicado que todos se perdían por los pasillos oscuros y retorcidos...

¡Y no podían salir nunca más!

Y segundo, porque allí dentro estaba el Minotauro, que era invencible y no tenía piedad ni compasión de nadie.

Cuando los compañeros de Teseo se enteraron de todo esto, se desesperaron.

¡No había salvación posible, por más fuerte que fuera Teseo!

Pero en medio de su angustia no se habían dado cuenta de una cosa: no todos eran malos en la isla, ¡Estaba Ariadna, la princesa, juguetona y de piel dorada y ojos del color de las algas! ¡Y que se había enamorado de Teseo!

Como había decidido ayudarlo, lo citó a escondidas de su padre y le dijo:

—Eres muy simpático. Y como respeto y admiro tu valentía, te apoyaré en todo lo que hagas.

—Gracias —le dijo Teseo sorprendido y contento—. Me alegro muchísimo de tener de mi parte una princesa tan inteligente y bonita.

Pues mira, lo único que yo deseo, es acabar con la desgracia que entristece a mi pueblo un día cada año. ¡Quiero matar al Minotauro! ¡Y cuando esté bien muerto, ya no tendrá ganas de comerse a nadie y en Atenas habrá fiesta todos los días!

Cuando Teseo terminó de hablar, Ariadna aplaudió entusiasmada.

—¡Yo tampoco quiero que el Minotauro se coma a tus amigos! Pero... ¿cómo harás para salir del Laberinto una vez que termines con el monstruo?

—No lo sé. ¡Ese es mi mayor problema! Pero alguien tiene que saberlo.

—Ya sé —lo interrumpió Ariadna, contentísima de haber tenido una buena idea— ¡Dédalo debe de saberlo!

—¿Quién es Dédalo? —le preguntó Teseo, que nunca había oído pronunciar aquel nombre.

—Dédalo es el arquitecto que inventó el Laberinto. Él hizo los planos de todos sus pasillos, encrucijadas y recovecos. ¡Tiene mucha imaginación!

—Entonces, nadie mejor que él para aconsejarnos! ¿Dónde esta?

—Ven conmigo —le dijo Ariadna, tomándolo de la mano—. Yo sé dónde encontrarlo.

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Dédalo, como de costumbre, estaba pensando, sentado, a orilla del mar, sobre una roca redonda.

Tenía los ojos grandes y brillantes, en los cuales se reflejaba todo lo que iba pensando...

En aquel momento una torre de tres picos bailoteaba en sus pupilas... Pero se borró inmediatamente en cuanto aparecieron Teseo y Ariadna.

Cuando Ariadna terminó de explicarle qué era lo que necesitaban, les dijo Dédalo:

—Es cierto. Soy el único que sabe cómo salir sano del Laberinto. Pero les diré cuál es la manera de hacerlo bien si me prometen una cosa.

—¿Qué cosa? —preguntaron los dos príncipes a la vez.

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—¡No le digan al rey que yo les ayudé! ¡Porque si se llega a enterar, me encerrará en la prisión!

—¡Guardaré el secreto toda mi vida! —prometió Teseo, que para esas cosas era muy serio.

—Bueno. ¡Así me gusta! Entonces presta atención: llevarás un ovillo de hilo que te dará Ariadna y, al entrar en el Laberinto, lo atarás a una saliente que hay en la puerta. Luego, por cada paso que des, desenrollas un poco el ovillo...

De esa manera, cuando quieras volver podrás hacerlo tranquilamente, guiándote por el hilo que habrás ido dejando como rastro. ¿Entendido?

—¡Sí! ¡Es muy fácil!

—¿Y el Minotauro? —preguntó Ariadna, asustada.

—¡El Minotauro será vencido para siempre! —gritó Teseo, seguro más que nunca de su energía y valor.

Sin mucha tristeza se despidieron Teseo y Ariadna, y el príncipe se reunió con sus compañeros para dirigirse al Laberinto.

Teseo, por supuesto, era el jefe del grupo.

Pidió a sus amigos que se pusieran en fila y que no hicieran ruido.

Así se encaminaron hacia el terrible Laberinto cuando el Sol se acostaba ya en un montón de nubes rosadas.

Una vez que entraron, Teseo ató la punta del ovillo a una saliente en forma de herradura que había en la puerta. Estaba bastante oscuro, pero empezaron sin embargo a caminar y a dar vueltas y más vueltas en busca del Minotauro.

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El hilo que había dado Ariadna a Teseo, los seguía paso por paso, para guiarlos a la vuelta.

Cuando ya estaban por la millonésima vuelta, muy mareados y con ganas de sentarse un ratito... ¡descubrieron, por fin, al Minotauro!

¡Era espantoso!

Tenía la piel reluciente y sus ojos chisporroteaban de rabia.

—Qué bien! —les dijo, con una voz bastante educada—. Han podido llegar hasta aquí con comodidad... ¡Y creen que podrán salir fácilmente, siguiendo el hilo! Pero... ¿no pensaron que yo los puedo comer?

—No te burles —le dijo Teseo enojado—, que no sabes quién va a salir ganando todavía.

—¡Yo soy muy peligroso! —bramó el Minotauro, arrojándose sobre Teseo, que lo esquivó ágilmente. Y así empezó una lucha terrible. Por cada resoplido que daba la bestia, el valiente Teseo le contestaba con un golpe bien dado. Y tanto resopló y tantos golpes recibió de su enemigo el monstruo feroz, que se cayó al suelo...

Y en el suelo ya recibió un último golpe mortal.

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Se pusieron tan contentos todos con la victoria de Teseo, que inmediatamente se pusieron a bailar por los pasillos del Laberinto.

Cuando el rey los vio a todos de vuelta, sanos y felices, pensó:

—Teseo es valiente de verdad. Tendré que hacer las paces con él y con su pueblo, si no, saldré perdiendo.

Entonces gritó:

—¡Teseo, bravooooo! ¡Felicitaciones!

Era un rey convenenciero.

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Aquella misma tarde festejaron el triunfo... bailando.

Bailaban la danza del Laberinto en honor de la cueva del Minotauro.

Teseo y Ariadna formaban la pareja principal del baile.


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